¿Hasta cuándo, Señor, te seguirás escondiendo?
¿Va a arder tu ira para siempre, como el fuego?
Salmos 89:46
Cuando el infortunio nos golpea, vemos las cosas con tanto pesimismo que hasta llegamos a pensar que nuestro amado Padre celestial se ha olvidado de nosotros o simplemente nos ha abandonado. La alegría y el gozo que produce su presencia en nuestras vidas dejan de ser las características principales del estado de ánimo que siempre nos acompaña y la depresión y la melancolía se apoderan de nuestro ser para hacernos decaer y afectar negativamente nuestros pensamientos. Parte del entrenamiento que debemos recibir para poder madurar en nuestra vida espiritual envuelve momentos de soledad y abandono. La idea no es que aprendamos a defendernos por nuestros propios medios sino que aprendamos a depender de Dios y sólo de él. En momentos así, nuestra tendencia será buscar una salida basados en nuestras propias experiencias y habilidades. Quizá esta respuesta natural de nuestro ser nos haya ayudado a salir de uno que otro problema en el pasado pero a medida de que nos toca enfrentar mayores retos y dificultades, nuestras fuerzas ya no serán suficientes para salir con éxito del asunto.
Aunque parezca que Dios te ha abandonado, él continúa a tu lado, muy cerca de ti. Aunque te parezca que Dios se ha olvidado de ti, él nunca te dejará de tu cuenta y te estará protegiendo de los muchos males que el enemigo lanza sobre ti. El propósito de la prueba es que salga lo mejor de tu corazón que Dios ha transformado para que responda adecuadamente a la adversidad. No permitas que la depresión te impida levantar la vista a quien te ha dado la vida física, la salvación y la vida eterna para esperar de él la respuesta que calme tus angustias. Sólo Dios puede ayudarte a salir del atolladero en que te encuentras. No pongas tu esperanzas en métodos, personas o filosofías. El único que es Todopoderoso es Dios, nuestro Señor Jesucristo. Sólo a él buscarás y sólo de él dependerás. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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